LIBRO: Vivir Con Nuestros Muertos

VIVIR CON NUESTROS MUERTOS

Delphine Horvilleur

La muerte es lo único seguro que tenemos, pero para lo que menos nos preparamos. Ni la nuestra, ni la ajena. Y la naturaleza nos la muestra en las estaciones: es necesaria la muerte para la continuidad de la vida. Nos dice la autora: “La biología me inculcó hasta que punto la muerte forma parte de nuestras vidas. Mi profesión me muestra a diario que podemos hace que lo contrario sea igualmente cierto también en la muerte puede haber un lugar para los vivos.”

¿Y dónde está el lugar de la muerte entre los vivos? En la continuidad de las enseñanzas de quien ha partido, en los dones y habilidades que nos legó, en el cariño que permanecerá a pesar de la ausencia. ¡Pero qué difícil darnos cuenta de esto cuando estamos atravesando este trance!

Así discurren las estaciones de la existencia; los árboles y el ser humano solo siguen vivos si la muerte los visita. La primavera llega únicamente para quien experimenta la apoptosis y permite que la muerte esculpa la posibilidad de su renacimiento. En la actualidad, la oncología lo ratifica: las células en las que la vida se embala, las que se niegan a morir y cobran una vitalidad casi eterna, se vuelven tumorales. El exceso de vida nos condena y la muerte indebida resulta fatal. Solo cuando la vida y la muerte se dan la mano puede continuar la historia.”

Frente a la muerte de un ser querido nos quedamos sin palabras. Solo nos quedan aullidos, lamentos ahogados, llanto si tenemos suerte. El tiempo se detiene y no sabemos en que dimensión existimos. Volver a funcionar en el mundo cuesta mucho trabajo. Y encontrar las palabras también.

Delphine Horvilleur es una rabina francesa que en este libro, nos muestra algunos episodios de su vida donde acompañó a dolientes que perdieron a alguien, o como hizo ella para acompañar a una amiga enferma terminal, y nos va narrando también sobre las tradiciones judías frente a la muerte.

Conforme van pasando los años me parece que el oficio que más se acerca al mío tiene un nombre: narradora. Saber contar lo que se ha dicho mil veces, pero ofreciendo claves inéditas paraque la persona que oye la historia por primera vez aprehenda la suya. En eso consiste mi función. Acompaño a mujeres y a hombres que en un momento crucial de sus vidas necesitan narraciones. Esas historias ancestrales no son exclusivamente judías, pero yo las enuncio con el lenguaje e mi tradición. Tienden puentes entre épocas y generaciones, entre las personas que han sido y las que serán. Nuestros relatos sagrados abren un pasadizo entre los vivos y los muertos.”

Le interesa saber quien era el fallecido, que historia ha dejado tras él para reconstruir un relato donde entienda el doliente que si bien hay que despedirnos de él, no lo hacemos de lo que ha logrado en este mundo y que continuará en nosotros, sus deudos. Poner atención en lo que fue, y no en lo que ya no será. No reducir al otro a un final abrupto, a una terminación sin sentido.

Me he dicho muchas veces que tanto para mí como para mis seres queridos deseo que el día de nuestro entierro nuestras vidas puedan ser evocadas desde una perspectiva distinta de la tragedia, que se nos brinde la posibilidad de ser rememorados mediante otros léxicos y otros registros, que nuestras vidas puedan verse como un thriller, una serie romántica, una leyenda mitológica o incluso una comedia popular. Lo que sea con tal de que en nuestro entierro se nos permita no ser reducidos a nuestras muertes y trasmitir cuán vivos estuvimos en vida.”

Y para quienes vamos a morir nos recuerda la historia de Moisés. Después de liberar a su pueblo y vagar 40 años en el desierto, Dios le dice que no entrará en la tierra prometida, lo que Moisés consideraba su misión. ¿Cómo puede morir uno antes de completar la tarea que cree debe hacer en vida? (¿Cómo puede uno pretender que no deba/va a morir antes de criar a un hijo, terminar un trabajo, arreglar un apuro, etc? ¡cuan soberbios podemos ser, pensando que la eternidad nos puede esperar!).

Moisés, dice un relato de la tradición, aceptó su muerte cuando ya no vio su vida de frente: lo que se acabaría, lo que ya no lograría, lo que no vería; sino cuando miró al pasado: a lo que había trabajo, dado, amado, sembrado. Pues eso es lo que vivirá cuando uno ya no esté.

Desde aquí pueden comenzar a leerlo.

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