LIBRO: Las Buenas Madres

LAS  BUENAS  MADRES

Alex Perry

¿Cómo se puede combatir a la mafia? ¿Qué se necesita para desmontar la maquinaria que trafica con el 70% de la cocaína y heroína de Europa, que vende armas al por mayor, y lava dinero de procedencia ilícita y que parece una hidra: cortan una cabeza y salen dos más?

Se necesita, primero, conocerlo desde adentro. Analizarlo antes de querer asestarle un golpe. Un estado que quiera terminar con estar sometido a él, y quiera liberar a los ciudadanos secuestrados por el temor con el que viven de alzar la voz, de no dejarse someter. Un estado que entienda que no es que el pueblo los apruebe, sino que nos les queda de otra que convivir con el crimen para salvar la vida. Y se necesita de valientes (del lado de la ley, del lado del crimen, y de la gente común) que quieran cambiar las cosas.

La mafia es como a hidra.

Mafiosi deriva de la palabra siciliana mafiusi, que significa “bravucón”, “fanfarrón”. Se nombraba con esa palabra algo que ya existía. En sus primeros albores, se llamaban a sí mismos camorristi (como se llamaban a sí mismos los de la mafia napolitana) o picciotti, “chicos con carácter”. En el siglo XX, los matones callejeros de Calabria ya se organizaban en células llamadas ‘ndrine, con sus propio territorio (como las pandillas). Pero los calabreses hicieron algo que sus colegas no: solo reclutaban gente de su familia, todo miembro era nacido en una ‘ndrina o entraba a ella por casamiento. Y nadie podía salir, igual como no se puede salir de la familia. Y son familias sumamente misóginas: las mujeres están para obedecer, callar, si hay que meterlas en cintura se les golpea, aísla. Son familias violentas, donde se espera una obediencia ciega, y se fomenta que crean que se comportan de manera honorable si hacen lo que pide la familia (aunque sean crímenes).  Si hay que lavar el honor familiar (porque algo salga mal en alguna operación, alguien habla de más, etc) es un encargado de su propia familia quien tiene que “meter en cintura” al elemento que se equivoca, si es necesario, tendrá que matarlo para lavar el honor familiar, o su autoridad podría verse disminuida por no saber corregir a uno de los suyos.

isla de Favignana

Estos delincuentes se inventaron una mitología propia. Según ellos, tres hermanos españoles (Osso, Mastrosso y Carcagnosso) llegaron a la isla de Favignana frente a la costa siciliana y ahí estuvieron escondidos durante 29 años en sus cuevas. Ahí crearon una Sociedad Honorable que juraba proteger a sus miembros, y ellos a ella. Mastrosso se fue a Nápoles a formar la Camorra; Osso fue a Sicilia a formar la Cosa Nostrfa y Carcagnosso se quedó en medio, en Calabria, donde funda la ‘Ndrangueta.

También tienen sus ritos para convertirse en parte de la sociedad delictiva, y sus castigos. Se creen por encima de la ley, enseñan a sus hijos a despreciarla desde pequeños y a odiar a la policía y el sistema judicial.

Algunas mujeres se animaron a traicionar esa tradición, pensando que no querían esa vida para sus hijos. “Todo lo que testifique a partir de ahora, lo hago por mis hijos, para darles un futuro distinto.”

Alessandra Cerreti, la fiscal antimafia.

Una primera mujer valiente, una fiscal especializada en la mafia, que estudia para entender como es que funciona. Con leyes que le ayudan y protegen. Vivirá una vida muy difícil, no puede tener vida social, debe cuidarse mucho de hablar con extraños, vive en un bunker y renuncia a la maternidad para no darle esa vida de reclusión a un hijo.

Y tres mujeres de la ´Ndrangeta que se animan a salir. Dentro de ella hay tanto machismo que parece que pensaran que eran invisibles y que no escuchaban conversaciones donde se sentenciaba a muerte, o como se manejaban los negocios. Son mujeres que tenían mucha información valiosa del mecanismo interno. Las tres, nacidas dentro de la ‘Ndrangeta. Se dieron cuenta de que vivían de una manera donde jamás escaparían el ciclo de la violencia, y desafiaron a sus familias huyendo de ellas, y delatándolas.

Guiseppina Pesce

Guiseppina Pesce, casada con Rocco Palaia. Rocco la maltrataba, le pegaba, y cuando lo metieron preso, el padre de Giuseppina tomó el control de su vida, encerrándola en casa y como ella se rebelaba,  comenzó a trabajar como mensajera entre mafiosos, y algunos trabajos administrativos. Cuando ella decidió delatarlos, los hijos se quedaron con los abuelos, que no les daban de comer y los golpeaban, para que ella se retractara. La madre de Guiseppina dejó de mencionar su nombre y solo le llamaba “la colaboradora” o con insultos.  Ella se retractó para volver a ver a sus hijos, porque vio que sufría maltrato, aunque sabía que regresar con su familia era su sentencia de muerte. Cuando el estado le aseguró que si seguía adelante, rescatarían a sus hijos de manos de su familia, colaboró de nuevo con ellos.

Y eso me pareció muy interesante del estado italiano: amparados en el derecho de los niños a llevar una vida de paz, de un tiempo para acá, les quitan a sus hijos a quienes se dedican a ser criminales. “Estos niños vienen  de mundos pequeños en los que todo es ‘Ndrangeta. Su destino inexorable es morir asesinados o acabar en la cárcel. Nunca se contempla el deseo de escoger otro camino, porque no conocen las alternativas. No se puede desear otro mundo si no se sabe que ese mundo existe. Nuestra idea era hacer que supieran que existe un mundo mejor, con unas reglas distintas. Un sitio en el que se puede ser libre. Donde hay amor y afecto. Donde no hay necesidad de violencia, de asesinar, para que los demás entiendan lo que piensas. Donde hay los mismos derechos para los hombres que para las mujeres. Donde la cárcel no es una medalla que te ponen en el pecho. Y donde puedes expresar libremente tu personalidad más allá de tu apellido.”

La directora de la cárcel donde vivían los exmafiosos que colaboraban con la policía, trataba de enseñarles  que en la mafia, respeto era igual a miedo, y familia equivalía a delincuencia; y ahí tratan de inculcarles que el verdadero respeto tiene que ver con admirar voluntariamente al otro, y que una familia es (debe ser) un remanso de amor, no estarse agrediendo y queriendo dominar, determinar un destino, sino dar libertad de que el otro sea lo que quiera ser.

Lea Garofalo.

Lea Garofalo se fuga con el novio a los 16 años, tienen una hija y ella comienza a huir de él y su modo de vida cuando la niña tiene 4 años. Se convierte en testigo protegido del estado, pero cuando la hija tenía 17 años, finalmente el padre la asesina. Y la hija tiene que vivir con el padre a pesar de que estaba segura que había matado a su madre.

María Concetta Cacciola fue otra mujer que quiso huir para darle un futuro mejor a sus hijos. Durante un tiempo fue testigo protegido pero también el maltrato a sus hijos la hizo desistir y a pesar de las amenazas contra su vida, regresó a casa de sus padres. El estado hizo lo que pudo para protegerla, pero fue asesinada en casa de sus padres, un día que salieron ellos para no ser culpados del asesinato, pero dejando el camino libre para quien la mató.

La historia trágica de estas  madres despertaron algo en la conciencia de esa sociedad y comenzaron a surgir periodistas que alentaban al público a oponerse a la mafia, igual que ellas. Algo se movió, hizo click y la indignación social fue abrumadora. Se hicieron marchas, tenían un lema La Calabria non ci sta! (¡Calabria ya no aguanta!).

Hubo multitud de detenciones, sentencias, empresas confiscadas, millones de euros congelados. Se ha detenido al llegar a la arena internacional porque hay países que no quieren detener el lavado de dinero porque les favorece. Creen que lo criminal es algo que sucede lejos de sus tierras, y se benefician de dinero manchado de sangre.

Eso nos falta en México: solidarizarnos con las víctimas, indignarnos por tanto desaparecido, exigirle a las autoridades resultados. Necesitamos un estado que quiera proteger y erradicar la violencia que nos asola. Algún día, ojalá.

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