LIBRO: La Buena Esposa

LA  BUENA  ESPOSA

Meg Wolitzer

Reto Tsundoku

 

En una entrevista le preguntaron a la escritora que le inspiró a escribir esta novela. Dijo: “mi madre es una escritora. Ella comenzó a publicar en los 60’s y su primera novela en los 70’s. Me tocó ser testigo del mundo del escritor, y ver algunas cosas que ocurrían en ese ambiente. No en su mundo precisamente, vi la manera en que algunos hombres eran engrandecidos. Tomé notas a mi modo durante mi niñez”.

 

La trama es sencilla (a lo mejor ya vieron la película por la que Glen Close ganó el Oscar este año): un matrimonio va a Helsinski porque el marido va a recibir un premio literario (en el libro,  no es el Nobel), y durante el  vuelo, la esposa decide que es hora de dejar a su marido.

Joan Castleman está revisando la historia de su matrimonio con Joe, como fue que se enamoraron, como establecieron sus dinámicas de poder, quien hacía qué y por qué, en que cosas estuvieron de acuerdo, cuales se asumieron sin hablarse y todas las heridas que ha acumulado en este tiempo.

La autora.

Heridas de las que no culpa del todo a Joe, porque ella asume que decidió jugar un papel que le daba placer: primero asegurándose que él se quedaría con ella, y luego porque a través de él lograría hacer lo que le gustaba. Los los tiempos eran diferentes, hubiera sido muy difícil destacar  como escritora y en vez de vivir frustrada por ello, decide vivir bajo la sombra de su marido, siendo la que “traiga leña para engrandecer la hoguera de su ego”.

Nos cuenta la infancia de Joe, siempre rodeado de mujeres pendientes de sus necesidades, como se conocen ellos y como ella toma el lugar de esas mujeres. Al principio lo que es una táctica entre ambos, se convierte en obligación para Joan. Y comenzará a resentir a su marido. Me ha encantado leerlo, su estilo mordaz,  quiero leer más libros de esta autora.

Una cita:

 

«Todo el mundo sabe cómo permanecen las mujeres al pie del cañón, cómo inventan planes en sus sueños, recetas, ideas para un mundo mejor, y luego los pierden cuando se acercan a la cuna en plena noche, o de camino al supermercado, o en el baño. Los pierden mientras alisan el sendero por el que sus maridos y sus hijos trotarán serenamente toda su vida».

 

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