LIBRO: Infiel

 

INFIEL

Ayaan Hirsi Alí

Reto Tsundoku

Hay cosas que es necesario decir, y hay épocas en que el silencio es cómplice de la injusticia.”

“En Somalia, al igual que en muchos países de África y Oriente Próximo, se “purifica” a las niñas mutilándoles los genitales […] la costumbre de la mutilación genital de las mujeres es anterior al islam. No todos los musulmanes la practican, y unos cuantos pueblos que la practican no son islámicos. Pero en Somalia, donde casi todas las niñas están mutiladas, esta práctica se justifica siempre en nombre del Islam.”

La autora es somalí, como Waries Dirie. Ella nació en 1969 en Mogadisco, Somalia. Su papá se había educado en Europa y estaba en contra de la dictadura que imperaba en Somalia, por lo que estuvo un tiempo preso. Aunque él estaba en contra de la ablación femenina, en una ocasión en que la madre había salido a visitar al padre y la abuela materna se quedó cuidando a los nietos, la abuela organizó todo para que se las hicieran a Ayaan y a su hermana menor.

Se fueron a vivir a Arabia Saudita, donde por primera vez sufrió racismo por el color de su piel, y le decían “esclava”. Cuenta que esta fue su experiencia: “En Arabia Saudí todo giraba en torno al pecado. Una no era traviesa, era pecadora. Una no era limpia, era pura. Escuchábamos la palabra haram, prohibido, todos los días. Tomar el autobús con los hombres era haram. Juagar con niños y niñas juntos era haram. Y si cuando jugábamos con otras niñas en el patio de la escuela coránica se nos caía el pañuelo blanco de la cabeza, eso también era haram, aun cuando no hubiera chicos a la vista.”

Después, la familia se mudó a Etiopía. Ahí en la escuela estuvo un tiempo sin entender, pues solo hablaban somalí y árabe, y en Etiopía hablaban amhárico. Conoce por primera vez a personas de otra religión, kiristaan, cristianas. Cuenta sobre esa palabra que “en Arabia Saudí habría sido un horrible insulto con el significado de impura.” Se dio cuenta de que las personas más se aferraban a su tribu, tradiciones, iglesia conforme más corrupto fuera el gobierno.

De esto huía su familia.

Después la familia se mudó a a Kenia. Y ahí entró en contacto con otra forma de islam. Anteriormente, en las escuelas coránicas las enseñaban a repetir como pericos, sin entender nada de lo que repetían. Pero en Kenia, estudiaban el Corán tratando de llegar al mensaje filosófico del profeta. Arabia Saudita enviaba dinero para promover la parte propagandística, combativa, que la hizo sentirse bien de ser una luchadora contra el pecado que el mundo occidental regaba por el mundo. Ahí aprendió inglés y conoció a una maestra fundamentalista llamada Aziza. En ese lugar, Ayaan andaba con el hiyab, no ya porque su mamá quisiera insuflarle su religión, sino porque se convenció de ella. Soñaba con ser una mártir.

En 1992, cuando contaba con 23 años, su padre le consiguió un marido. Y Ayaan creyó que expresando su desacuerdo su padre se pondría de su parte. No lo hizo. Le dijo que no necesitaba su consentimiento, ni su presencia siquiera, en la ceremonia que se haría unos días después, donde el marido vendría a casarse (el muchacho era un somalí que vivía en Canadá, y consideraba que las mujeres que había en Canadá estaban demasiado “occidentalizadas” y él quería una novia-esposa tradicional). Ayaan se da cuenta de que su vida siempre dependería de un hombre y tendría la calidad que este hombre le ofreciera. El novio regresó a Canadá, y Ayaan tenía que salir de Kenia hacia Alemania, donde esperaría que le arreglaran el visado para irse a Canadá.

Estando en Alemania, decide irse a Holanda, sin avisarle a nadie, y ahí pedir refugio. Sabía que estaba rompiendo con la familia, sus tradiciones, y que podían y a buscarla y someterla; obligarla a que se fuera con su marido, o que su familia tomara acción para limpiar la vergüenza con la que los cubría al escapar así. Y que no sería difícil que la encontraran. Pero estaba determinada a elegir la vida que tendría.

Campo de refugiados en Holanda, como eran cuando ella llegó a Holanda.

Se sorprendió de encontrar un país donde la recibieron bien, y donde la querían hacer sentir cómoda. Se admiró de la limpieza, la organización, la generosidad con que la recibieron. Pidió refugio, se lo dieron. Por supuesto, la encontraron, pero la dejaron seguir con su vida. Aunque la relación con su familia se fracturó. Comenzó a estudiar el idioma, a buscar trabajos pues no quería vivir de lo que le daba el gobierno y no quería ser una carga. Llegó un momento en que trabajaba como traductora para el gobierno, cuando tenían que hacer entrevistas a otros somalíes que buscaban refugio, o cuando tenían problemas con la ley. Se dio cuenta de que muchos paisanos abusaban del país que los acogía: no querían aprender el idioma, no les interesaba, los consideraban “impuros”. Se sentían ofendidos cuando les ofrecían trabajos que consideraban por debajo de su nivel  (pero sin aprender el idioma, sin querer poner de su parte por integrarse, era difícil que les dieran otros empleos), usaban la carta de “es que son racistas” con frecuencia. También se dio cuenta de que, muchas veces, las mujeres llevaban la peor parte porque estaban sometidas a estos hombres que estaban violentándolas, vertiendo sobre ellas las frustraciones que encontraban. No las dejaban aprender el idioma, dependían totalmente de ellos.

Ayaan comienza a estudiar Ciencias Políticas y llegó a ser parlamentaria. Se esforzó por hacer entender al país que la recibió que la libertad religiosa que les concedían a los inmigrantes, les sería dañina a la larga. Y no porque no debieran permitir la libertad religiosa, sino porque en aras de no intervenir, había escuelas coránicas donde la única educación que recibían esos niños era aprenderse los versículos del Corán, no aprender a pensar, razonar. Y que permitir que a personas que el estado debía proteger, fueran golpeadas, violadas, asesinadas en algunos casos, con el pretexto de “esto es mi cultura, mi religión” era permitir que se violentaran los derechos humanos de ellas.

Universidad de Leiden.

Una de las cosas más interesantes es que el libro  muestra su proceso de pensamiento que la hizo dejar de ser una fundamentalista religiosa hasta poder verse en un espejo un día y decir: “no creo en Dios”, ese  Dios que que a ella  la ponía como ciudadana de segunda, que depende  del hombre que, si quiere, puede volverse  verdugo. Un Dios que pide que no se piense, sino tan solo se obedezca. Un Dios violento y castigador. Quiso encontrar su brújula moral dentro de sí misma y no a través del Corán.

Expresar sus opiniones le costó amenazas y después hizo un documental (que pueden ver en youtube) donde quería exhibir los castigos que un hombre puede darle a una mujer, y que están permitidos en el Corán. El director del documental fue asesinado, Ayaan tuvo que esconderse y después emigrar a Estados Unidos.

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Un libro muy, pero muy interesante.

 

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4 comentarios

    • Tía: es un libro muy interesante, sobre todo ver como se va deshaciendo de los paradigmas que le habían instaurado por su formación religiosa y las tradiciones tribales y familiares tan fuertes con las que tuvo que romper. A veces hace más daño la tradición que la cultura de afuera. Un beso 😉

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