LIBRO: El Enterrador

EL  ENTERRADOR

Thomas Lynch

 

Tenía mucho tiempo queriendo leer este libro, desde que leí “La ridícula idea de no volver a verte“ de Rosa Montero, pues en ella lo menciona.

Thomas Lynch nació en Michigan en 1948. Su familia desciende de irlandeses y tuvo un hermano y varias hermanas (se los debo porque ya no me acuerdo cuántas). Se educó en un colegio religioso, hizo su servicio militar y se graduó en 1973 de la Universidad y estudió también sobre el oficio de los funerales y preparación de cuerpos. Su padre tenía una funeraria (“llegué a comprender que el oficio de mi padre en la funeraria tenía menos que ver con lo que ese les hacía a los muertos, y más que ver con lo que los vivos hacen respecto al hecho de que la gente muere”). Lynch trabajó en el asilo estatal, en una casa de sacerdotes alcohólicos, en la funeraria paterna.

Thomas Lynch

Finalmente acabó haciéndose cargo de  la funeraria de su padre  en 1974 (“viendo a mis padres vi como cambiaba el significado de lo que hacían los directores de funerarias: primero fueron las cosas que hacían con los muertos, luego cosas que se hacían para los vivos, y finalmente cosas hechas por los vivos, por todos nosotros”), y de la que ahora se encargan sus hijos (“Los funerales son la voz que damos al asombro, al dolor, al amor y al deseo, a la rabia y la indignación; las palabras que volvemos canto y oración”). Se casó en 1972, y se divorció en 1984. Se quedó a cargo de sus 4 hijos: una hija y tres hijos. Al respecto, cuenta en el libro: “aunque en general estaba complacido con la liberación que el divorcio me proporcionó –el matrimonio se había convertido en un caso doloroso-, de repente tomé conciencia de que un solo padre significaba, entre otras cosas, un par de ojos para cuidar niños. No dos. Un par de ojos para escuchar. Un cuerpo para interponer entre ellos y el peligro; una mente. Había menos conflictos y más preocupaciones.”

En 1970 fue a Irlanda por primera vez a visitar a la familia y ha regresado muchas veces. Unos primos lejanos le heredaron una cabaña en West Clare, donde la primera vez que fue no había teléfono, ni calefacción, agua entubada, ni electricidad. Esa era la casa de su bisabuelo, que recibió como regalo de bodas en el siglo XIX. Después de heredarla, le ha hecho arreglos (y ya tenía luz eléctrica y agua potable). Cuando no está ahí, la renta a otros escritores.

Milford, Michigan

Comenzó a ser conocido como poeta, pues sus primeras publicaciones fueron de poesía y dice que siempre le llamó la atención como no dejaban de mencionar que era “un enterrador”. Lo que para él es “buscar un sentido y voces para la vida y el amor y la muerte” pero eso se hace en muchas profesiones y no sólo en la suya.

Este libro es una colección de ensayos sobre diversos temas, pero todos tienen como ancla su oficio. Comienza así: “Todos los años entierro a unos doscientos vecinos. Llevo al crematorio a otras dos o tres docenas. Vendo ataúdes, panteones y urnas para las cenizas. Tengo el negocio accesorio de lápidas y monumentos. Me encargo de las flores por comisión”.

Es muy interesante, porque no solo habla de temas sobre su profesión (como cuando menciona a una madre que estaba velando a un hijo y que un diácono le dijo “es sólo una cáscara” y la madre le respondió “Yo le aviso cuando sea una simple cáscara. Desde ahora y hasta que yo no diga lo contrario, es MI hija”. Los funerales son una forma en que cerramos la brecha entre la muerte que sucede y la muerte que nos importa. Esa señora afirmaba el viejo derecho de los vivos a declarar muertos a los muertos”). Sino que habla de lo que ha aprendido de la vida gracias a ella  (por ejemplo, en un ensayo  habla del cambio que ha habido  de la generación de sus padres a la suya propia, como antes en los hogares las personas nacían y morían, y los baños estaban afuera de la casa y dentro de ella había espacios para convivir, y como hoy las personas nacen y mueren lejos de su hogar, los baños están adentro de la casa y los lugares donde antes de convivía ahora son lugares donde se ve hacia afuera a través de la televisión. En muchas ocasiones, su poesía se filtra en lo que escribe: “Como especie, venimos haciendo lo mismo durante milenios: mirando hacia arriba mientras cavamos hacia abajo, tratando de encontrarle sentido a todo esto, disponiendo de nuestros muertos con suficiente detenimiento como para decir que vivieron de manera diferente de las rocas y los rododendros, incluso de los orangutanes y que esas vidas merecían ser mencionadas y recordadas.

El cementerio más antiguo de la ciudad.

Me gustó de manera especial un ensayo donde habla de sus padres y lo diferentes que eran. El padre, acostumbrado por su oficio al daño producido al azar y sin sentido, aprendió a temer. Para su madre, sus hijos eran regalos de Dios y Él los cuidaba. Cuenta: “cada vez que yo o alguno de mis hermanos preguntaba si podía ir aquí o allá, hacer esto o aquello, la primera respuesta de mi padre era “¡No!”. Acababa de enterrar a alguien que estaba haciendo precisamente lo mismo.” En cambio, su madre “tenía más fe en el poder de la oración que en su cuidado maternal, y con frecuencia lo contradecía sus prohibiciones. Le decía “¡déjalos! Tienen que aprender a hacer algunas cosas por sí mismos.” Mi padre consideraba las intervenciones de mi madre no como contrariedades sino como la voz de la razón en un mundo enloquecido. Era simplemente el triunfo ocasional de la fe de ella sobre el miedo de él. Y cuando ella entraba en la contienda con su poderoso testimonio, el reaccionaba como el borracho frente al agua fría o al café caliente, como si quisiera decir: Gracias, necesitaba eso. Así que mientras mi madre decía sus oraciones y dormía el sueño profundo de una criatura de Dios, mi padre estaba siempre alerta, siempre vigilante, siempre atento al sonido del teléfono. […]  la fe de ella movía las montañas creadas por los miedos de él. “Déjalo ir”, decía. “Déjalo a Dios”[…] a mi madre le preocupaban el “carácter” la “integridad”, “nuestras almas”. No olvidaba su convicción de que era personalmente responsable frente a Dios por las almas de sus hijos –una noción radical hoy en día-, de manera que su cielo dependía de nuestra buena conducta. […] Ahora ambos están muertos y supongo que un ingrediente en el cielo de mi padre es la ausencia de todos sus hijos, y un ingrediente en el cielo de mi madre es la intuición de que todos iremos, tarde o temprano pero con absoluta certeza”.

Kensington Park en Milford, Michigan.

Algunas frases que subrayé:

Entre los dones de Dios, el mejor de todos es el lenguaje, el poder de nombrar y proclamar e identificar, de construir palabras de la ruidosa nada para los pájaros del aire, los peces de los mares, lo que crece en la pradera; y para el desprecio y el afecto, el placer y el dolor, la belleza y el orden y la ausencia de los dos.”

Es por la fe por lo que los muertos se levantan y caminan entre nosotros o nos hablan en la noche oscura de nuestra alma.”

La Fe es para el desconsolado, para el que está lleno de amargura, para el incrédulo y para lo smuertos. Y los funerales son lugares donde esas personas se reúnen. Algunos clérigos han aprendido a disfrutarlo. Así que se presentan a los funerales con buen ánimo y una simpatía sin ambigüedades que parecería duplicidad en cualquier otro que no fuera un hombre de fe”.

Aún el mejor de los ataúdes no lo acomoda todo, todo lo que querríamos enterrar en ellos: las heridas y el perdón, la rabia y el dolor, la admiración y el agradecimiento, el vacío y la exaltación, toda la maraña de sentimientos cuando alguien muere.

 

Este libro ganó el premio Heartland Prize en categoría de no ficción y el American Book Award. Se tradujó a 7 idiomas y no tengo ni la menor idea de por qué es tan difícil de conseguir. Alfaguara: ¡reedítalo! ¡y lo mismo con su otro libro de ensayos!

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6 comentarios

    • Blanca:
      es verdad, es de los que hay que encontrarles su momento. Yo se lo encontré en la playa…ahí entre las olas del mar y la vista…me dejaba leer y reflexionar 😀 (con eso de que ya no tengo que estar pendiente de niños chiquitos, ya voy al mar a descansar jajaja).
      Un beso,
      Ale.

  1. Lo tuve en mis manos…y creo que hay que encontrar ese momento especial para leerlo. Te recomiendo la película de Despedidas…es también la vida vista desde una funeraria…y el sentido tan bello que dan a la muerte y al paso de esta vida a la otra.

    De este libro me anoto todo…porque creo que quienes se ocupan de los que se van, o se acaban de marchar y de los que se quedan…tienen una gran responsabilidad…están cerca de la vida…

    Como anécdota, una de mis primeras opciones de trabajo al finalizar la carrera, fue la de vender seguros funerarios…Tendría unos veintitantos, y me convencieron tan bien que estuve en contrato un día…después, la verdad, no me veía vendiendo muerte. Pero hoy en día lo entiendo de un modo diferente…todos pasamos por ella en alguna ocasión.

    Un abrazo grande y feliz verano.

    • María:
      tomo nota de la película, la voy a buscar. Ya sabes que leo frente a la computadora acompañada de una libreta donde voy anotando las recomendaciones que me hacen.
      Sin duda trabajar en esto te hace apreciar la vida, porque comprendes y ves de manera constante lo frágil que es, y como puede escaparse de las manos por las cosas más peregrinas y fortuitas…así que estuviste un día contratada 😉 creo que tenerte ahí hubiera sido muy confortante para los dolientes, pues siempre tienes palabras para acariciar corazones y puedes ver lo mejor en cada situación.
      Espero que tú también estés disfrutando mucho tu verano. Yo por primera vez viviendo el mío con uno de mis pajarillos fuera del nido.
      Un beso,
      Ale.

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