¡QUÉ MODOS! USOS Y COSTUMBRES TENOCHCAS
Germán Dehesa
Uno de mis mejores momentos cuando leía el periódico era cuando me encontraba con la columna de don Germán. No sólo me enteraba así de lo que sucedía en el país, sino también de cómo lo veía él, de lo que le acontecía (en su casa, con su familia, amigos, libros, alumnos, equipo favorito, etc). Sin importar el tema, siempre me hacía estallar en carcajadas
. Mi charro negro sonreía y me preguntaba:
- ¿de qué te ríes?
- De Germán y sus ocurrencias, contestaba yo.
Pocas veces le contaba lo que a mi tanta hilaridad me causaba porque a él no le hacían gracia las cosas que a mi me parecían tan divertidas. Ahí estaba yo en ocasiones, tratando de contener la risa mientras le leía (debo confesar que a lo mejor por esto no le hacía gracia
…) y él como cabeza olmeca ¡no esbozaba ni una sombra de sonrisa!
Don Germán, un hombre de gran cultura, con facilidad pasmosa para la escritura hizo célebre en mi casa sus frases: Dehesa sufre (decíamos, “yo, como Dehesa, sufro”), el hoy toca, qué tal durmió, etc. Me dio un enorme gusto cuando en 2008 recibió el premio de periodismo Quijote. Tengo una tía que es mi héroe porque le escribía por correo electrónico. Yo nunca me atreví. Nunca le dije que gracias a él, siempre salí de casa con una sonrisa.

Me entristeció profundamente saberlo enfermo. Y ¡se nos fue! en septiembre de este año.
Desolada, me fui a comprar este libro de él y fue como tenerlo cercano otra vez. En él habla de cómo somos los mexicanos…nuestras complicidades, inconsecuencias, problemas políticos, ese “si no lo hablo no existe” que hay a veces en las familias, la rígida solemnidad de algunas costumbres.
Para que tengan una idea, les comparto un artículo titulado “La Terrible Incomunicación”:
“Cualquiera que asista con frecuencia a ver películas francesas o dramas nórdicos llegará más temprano que tarde a la absurda creencia de que vivimos incomunicados y de que eso además es una maldición que, entre otras cosas, provoca calvicie prematura, hijos albinos y alcoholismo melancólico. Algo terrible.
En contra de tan disolventes nociones, yo considero que si algún grave problema tiene el hombre contemporáneo es el exceso de comunicación. A todas horas y de todas las maneras nos estamos comunicando. Todo tipo de aparatos han sido creados para oír y ser oídos. Gracias a ellos en un muy breve lapso matutino podemos conocer un número de noticias desgraciadas notablemente superior al que recibió en toda su vida el santo Job. Y el día apenas comienza. Nos falta todavía pasar por la experiencia del radio en el automóvil, la incesante plática con los compañeros de trabajo, los infinitos telefonazos, los diarios vespertinos, las revistas especializadas, los memoranda de la superioridad, la televisión, etcétera, etcétera. Cuando por fin llega la noche este pobre ser hipercomunicado tiene ya en la cabeza un compacto caos que no le permite establecer si cuatro mil niños afganos están a punto de divorciarse o si su primo Joaquinito está consumido por la Rickettsia o si se acaba de descubrir que Jane Fonda emite ondas radioactivas. Y es en ese momento cuando la señora, que uno con tanto candor escogió para irrumpir en el mercado de fabricación de infantes, decide –mientras se aplica la crema limpiadora que la iguala tan notablemente con Consuelo Guerrero de Luna- que uno tiene que platicarle cosas.
-Nunca me platicas nada- dice la sublime inconsciente mientras flota vagarosa por la recámara enfundada en una bata de dubetina color perico. Uno, obviamente, no contesta y sólo se parapeta detrás de la absurda joya de la literatura universal que la misma señora adquirió en aras de la edificación conyugal en alguna tienda de descuento.
Ante el minucioso silencio del marido, la mujer acude a sus reservas líricas y ya en franco plan de Isabelita Blanch, dice:
-Es terrible la soledad de dos en compañía.
No bien ha terminado de decir esto cuando el dedo chiquito de su pie descalzo choca violentamente con una maligna saliente de la mecedora que nos regaló mi tía Aurora. Para pasmo de su único espectador, la señora no se sale de su personaje. Simplemente contrae levemente los músculos de la cara y una furtiva lágrima asoma en su ojo derecho.
El marido, con el rostro cubierto por Madame Bovary, hace su máximo esfuerzo por ahogar una carcajada totalmente improcedente y que sería de fatales consecuencias.
- ¿Te das cuenta de la incomunicación total en que vivimos?
Esto ya lo dice con voz lánguida, sentada en la cama y frotándose muy discretamente el dedo del pie que ya para esos momentos semeja un plátano dominico. Viene luego una sesión de suspiros, una mínima ojeada a un libro de dietas que le mandó mi mamá y finalmente, en un gesto plenamente bergmaniano, apaga su lamparilla.
Ahora reina el silencio. Un silencio sedante, intenso y humano. La esposa duerme y uno la mira dormir y se enamora de ella. Sin dificultades acude a la mente el verso de Neruda “Me gusta cuando Callas”.
Descanse en Paz. Espero que lo hayan recibido en el cielo con el jolgorio que merecía. Que esté comiendo todos los platos que le encantaban y disfrutando como su salud no se lo permitió en el más acá.
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